Wright

Tras sobrevivir su Hotel Imperial al terremoto de Tokio, Wright demostró ser un gran ingeniero. Sorprende ver setenta años repitiendo los mismos errores técnicos, sin aparente interés por corregirlos. Las famosas goteras. Ni un voladizo recto. Altillos inútiles. Suelo radiante que nunca funcionó. Descensos del techo hasta rozar la cabeza y estrecheces de pasillo hasta rozar los hombros. Chimeneas que no funcionan. Invenciones que no se usaron más que una vez. Bombillas imposibles de cambiar… Pero cumplir la normativa, escuchar al cliente, ajustarse a los plazos y al presupuesto… agarrota al espíritu libre de Wright. Ver tanta pifia junta es todo un chute de libertad en el cuerpo, aunque sea una libertad imposible.

La Casa de la Cascada es mitad “casa” y mitad añadidos de terrazas en voladizo. Sin éstas, el edificio sería raquítico, como alguien flaco despojado de su abrigo de plumas. Las tres terrazas se expanden más allá de lo posible, hasta flectar en los extremos (y gotear). La imagen de la casa es posible en parte gracias a esta libertad ideal, no interrumpida por molestias terrenales, como el espesor necesario para los forjados o el modo eficaz de resolver los desagües de una cubierta plana.

El ego es un alimento como cualquier otro para la creatividad, pero quizá más habitual en la gente insegura. Los inseguros tiene dos formas de creerse superiores a los demás. Una es alejarse de quien les hace sombra y otra es negar los méritos ajenos. Wright hizo las dos cosas toda su vida.

La pasión por Japón es amable porque lo extraterrestre no compite con tu mundo conocido. El desdén de un americano hacia lo europeo es un acto de comodidad, un no querer complicarse mucho.

La Casa Farnsworth no se diluye en la naturaleza, como las casas de Wright, sino que, al contrario, exprime el contraste con ella. Recuerda a cuando un amigo te llama la atención cuando tu criterio se tuerce, en vez de darte la razón en todo. Es más enriquecedor convivir con la divergencia que alejarte de todo lo que no te cuadra. Aunque seguramente Wright diría que es menos armonioso.

Wright dice que “la conformidad para el espíritu es como gangrena en el cuerpo”. Un inconformismo que a él le lleva a un derroche de decisiones, a un desenfreno en su virtuosismo que puede llegar a la confusión. Pero Wright siempre tiene la última palabra: “A matter of taste is usually a matter of ignorance”.

Algunas Casas Usonianas, que hizo siendo ya muy mayor, se abstraen y contienen su libertad más que muchas Casas de la Pradera. En Kentuck Knob la trama hexagonal parece en principio más compleja, pero su uso poco enrevesado y en una sola planta se traduce en una secuencia de ambientes más compactos y claros, sin la sensación laberíntica de la Casa de la Cascada o la Casa Robbie. Una sabiduría en la vejez, no sé si por sabio, por cansando o por sobrado.

Una versión mesurada de Wright es su “aprendiz” Richard Neutra. Preferir a Neutra antes que a Wright es como preferir a Schubert antes que a Mozart, o a Carver antes que a Chejov, o a Brooklyn antes que a Manhattan. Es preferir la contención a la explosión, algo de lo que cuesta enorgullecerse.

Gratifica ver tantos proyectos menores sin apenas interés, sin aparente esfuerzo por hacer de ellos algo especial. Las obras maestras conviven en el tiempo con un buen montón de paja. Es como una palmada en el hombro ante el miedo al fracaso, como decir “todos tranquilos, algunos proyectos salen mejor que otros”.

Su actitud ante los errores: “no pienses en tus errores más que lo mínimo y necesario para aprender la lección de ellos”.

Su descripción de la vida en Chicago no puede ser más desoladora. Un odio acérrimo a la ciudad que le empujó al suburbio, donde aguantó veinte años antes de volverse al campo para siempre. En sus proyectos urbanos se resguarda de la ciudad, incluso si se trata de una pequeña localidad (las oficinas Johnson de Racine), o de un barrio residencial (el Unity Temple). Son bunkers, casi sin ventanas, y las que hay no son transparentes. Dentro, recrea el mundo que le interesa, a imagen y semejanza de su infancia en la granja. Si la ciudad le lleva la contraria, él le da la espalda y se reafirma en privado, como un crío soñador y cabezón.

¡El Unity Temple es verde por dentro! Una sorpresa inicial, que se explica al encontrar los mismo tonos conduciendo por los campos de Spring Green. Wright critica a los modernos europeos con el argumento de que vivir en la época de la máquina no significa que las casas deban parecer máquinas. A él se le podría decir que su pasión por los paisajes de Wisconsin no implica que las casas deban reproducir los colores de sus prados o las texturas de sus cosechas.

Ninguna superficie es lisa en Wright. Como ninguna lo es en la naturaleza. A la lista de hijos de la modernidad mal entendida, hay que añadir el gotelé.

Suelo de terracota roja, paredes de lienzo de pintor, armarios para guardar los planos, tejas de corcho, estuco con arena de playa, piedras del lugar, madera del vecino… la diversión en construir.

Wright fue una celebridad desde los treinta años y trabajó hasta los 92 centrado en su arquitectura, sin apenas salirse de su “campo cultural”. Pienso en Nick Cohn y en su libro sobre la Historia de la Música Pop, donde crítica el hecho de que jóvenes músicos cargados de energía y talento acabaron, empujados por su endiosamiento popular, a aventurarse en otras disciplinas que no dominaban. Por eso los Rolling son sus preferidos y el Sargent Peppers le parece un muermo. La divinización de Wright no le llevó a la política, ni a la pintura, ni a la música. Sólo a la escritura. Y solo escribía sobre sí mismo y su trabajo.

En Wright hay religión. Algo que, por un lado le distancia del presente pero que, por otro, es la base espiritual de la que muchos adolecen. Un poco más de Panteísmo no vendría mal.

La fachada de la ampliación de su casa-estudio en Oak Park la hizo cuando tenía tantos clientes que podía ser selectivo. Es una fachada-manifiesto pensada para filtrarles, como diciendo: “que pase solo el que quiera una casa como la mía”. En la puerta hay, además de la placa “Frank Lloyd Wright Architect”, unas esculturas de humanoides abrazados a sí mismos, temerosos de la intemperie.

Si una “vida orgánica” implica un vínculo entre vida personal y obra, en Wright sorprende cómo su narcisismo casi cómico no se corresponde con la generosidad estética de sus casas. Separación entre obra y personaje. Algo sobre lo que tanto se habla últimamente.

Su casa estudio fue creciendo, igual que Taliesin, e igual que Taliesin West después. Una incontinencia en expandir su propio mundo. Como quien no para de mover de sitio los muebles de casa, o los creativos que cada día van al trabajo por un camino distinto para mantener vivo el estímulo.

La sala de juegos para sus hijos está pensada para crear en ellos el instinto por la belleza a base de verla a diario. Quería tener a la familia cerca y bien servida de espiritualidad y creatividad, pero no ocuparse de ella. De nuevo la generosidad de su obra y el narcisismo de su persona. El romántico solitario decimonónico.

Nos reímos de los chinos copiando edificios occidentales, pero la fachada del Chicago Theater es una réplica del arco del triunfo de París. Sus promotores dan la misma ternura que los japoneses montando grupos de Rockabilly o que nosotros montando bares berlineses en Lavapiés.

¿Cómo ser auténtico y local? Recuerdo a Raimundo González, la cabeza detrás del restaurante Rincón de Pepe, recorriéndose Murcia preguntando a las señoras de los pueblos sus recetas caseras. Entonces era aún posible “reinventar la alcaparra”, y él llegó a hacerlo, hasta dar de comer a Ernest Hemingway y a Orson Wells.

En Wingspread, la casa de los Johnson en Racine, nos cuentan la anécdota de que cuando Wright fue invitado a dormir, se levantó a las cinco de la mañana para cambiar los muebles de sitio. Wright llama “cajas de zapatos vacías” a las viviendas de Le Corbusier. Pero si vacío es el escenario de un teatro en el que se puede representar cualquier obra, la decoración integrada de Wright solo deja que se interprete una, la suya.

En el Auditorium de Chicago hay una chimenea con dos bancos a los lados, unos lucernarios para la luz cenital, vidrios de colores sobre una trama de fundición, frescos en las paredes, frisos sobre las ventanas… Todo ello está presente en la primera casa de Wright. Un arquitecto joven apropiándose en silencio de lo que se hacía en el estudio de su jefe (Sullivan). Algunos de los tics de joven que se mantienen toda la vida, aunque él no reconocería de dónde proceden.

En pocos días veo además de Taliesin y la Farnsworth, la casa donde vivió Lincoln. Es una casita victoriana, de amplias habitaciones luminosas, techos altos y distribución estándar de dos pisos. En un rincón está el escritorio en el cual escribió sus discursos. Es la casa en la que sería feliz la mayoría de la gente que conozco… Y pienso en la utilidad de la profesión. Pregunto a los turistas a mi alrededor si alguien sabe si el título de arquitecto es necesario para construir la infinidad de casas de madera que hay en los campos de este país interminable. Nadie lo sabe.

 

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